La tarde estaba silenciosa en la hemeroteca. El polvo de los anaqueles se mezclaba con el olor de los periódicos antiguos, como si cada edición guardara un fragmento olvidado del país. Yo había llegado allí con un objetivo concreto: revisar titulares de diferentes épocas para construir un estudio comparativo sobre el índice delictivo. Pero lo que encontré fue mucho más revelador que cualquier estadística criminal.
Mientras pasaba las páginas, un titular capturó mi atención:
“Ministerio para el Desarrollo de la Inteligencia.”
Me detuve. En un país donde abundaban ministerios para todo para la moral, para la felicidad, para el poder, encontrar uno dedicado a la inteligencia no solo era una rareza; era un acto de rebeldía histórica. Leí la nota completa. Su propósito era tan simple como revolucionario: transformar el sistema educativo para enseñar a pensar desde temprana edad.
Era un proyecto audaz, casi ingenuo para la época. Formar ciudadanos capaces de cuestionar, analizar y decidir por sí mismos. Un ministerio que no buscaba controlar, sino liberar el pensamiento.
La misma nota revelaba su destino: solo duró un período presidencial.
El mandatario siguiente, con un gesto más político que pedagógico, decidió eliminarlo sin mayor discusión.
Paradójicamente, las ideas que aquí no sobrevivieron un ciclo administrativo fueron estudiadas, adaptadas e implementadas por otras naciones. Y lo que nación fue un experimento olvidado, para ellos se convirtió en cimiento de prosperidad: sociedades más críticas, más educadas y, en consecuencia, menos vulnerables al engaño político.
Me sorprendió leer que al ministro todos lo felicitaban, destacaban su visión, aplaudían sus discursos y lo citaban en foros públicos… pero nadie lo apoyó cuando llegó la hora de sostener el proyecto en el tiempo.
Y entonces, aquella frase resonó con fuerza:
Así funciona el mundo: te aplauden cuando ya lo lograste, pero casi nadie camina contigo cuando apenas empiezas.
Seguí leyendo. Más abajo, otra cita de otro tiempo cerraba un círculo incómodo.
El presidente de aquella nación entre 1877 y 1878, lo había dicho sin adornos, con la crudeza propia de quien conocía a su país:
“En mi pasís, el mejor plan de gobierno es subirse a una torre de la catedral con una caja llena de morocotas y comenzar a repartir oro al que pase; porque a la gente aquí no le interesan las ideas, sino los reales.”
Aquellas palabras, escritas más de un siglo atrás, tenían la ironía amarga de lo eterno: la historia no cambia cuando nadie la quiere corregir.
Antes de cerrar la última página, mis ojos encontraron una línea casi invisible, impresa en letras diminutas, como si la historia supiera que la verdad siempre se esconde en los márgenes:
“La naciñon no se ha perdido, ni se perderá nunca, porque un ciudadano se burle del Presidente. Se perderá cuando el Presidente se burle de los ciudadanos.”
Guardé silencio. Tal vez porque entendí que no era un artículo lo que había leído, sino un espejo.
La historia no se repite; se recicla.
Ideas brillantes nacen, pero no sobreviven.
No por falta de visión, sino por falta de espalda.
Porque apoyar exige esfuerzo,
pero felicitar solo demanda palmas.
Reflexión final
El verdadero progreso de una nación no depende de la cantidad de aplausos que recibe un líder, sino del nivel de conciencia de sus ciudadanos.
Los países que avanzan no son los que celebran ideas, sino los que las sostienen.
Y las sociedades que perecen no caen por un enemigo externo, sino por su incapacidad de defender aquello que podría haberlas transformado.
Apoyar antes de felicitar: ese es el punto donde comienza la inteligencia colectiva.
Esto no es una verdad absoluta. Es solo un pensamiento«HECHO PARA PENSAR».

