Tal vez para Sócrates la verdadera pobreza no era la falta de dinero, sino la falta de deseo por adquirir conocimiento. En las plazas de Atenas, mientras el sol descendía sobre las columnas del ágora, observaba un comportamiento que todavía hoy parece calcado: la multitud caminaba ligera cuando iba rumbo a las tabernas, pero sus pasos se volvían pesados cuando el destino era la bliblioteca.
Cada tarde, mientras enseñaba rodeado de jóvenes curiosos, veía al mismo hombre tambaleándose fuera de la taberna. Siempre con una risa fácil, siempre con una copa en la mano, siempre con el bolsillo vacío. Un día, para sorpresa de todos, aquel hombre decidió acercarse junto a su hijo.
Maestro Sócrates le dijo. ¿Cuánto me cobrarías por darle conocimiento a mi muchacho?
Sócrates, que conocía mejor que nadie el valor del aprendizaje, respondió con serenidad:
Quinientos denarios.
El hombre abrió los ojos como si hubiese escuchado un insulto.
¿Tanto por enseñarle conocimiento? ¡Es demasiado!
Sócrates lo miró de arriba abajo. Reconoció en su rostro el cansancio de quien vive huyendo de sí mismo. Reconoció también en su bolsillo la contradicción: pagaba sin protesta por noches que lo dejaban más vacío, pero regateaba el precio de aquello que podía llenarlo para siempre. Con la ironía que lo caracterizaba, dijo:
Si te parece mucho, compra un burro… así no tendrás uno, sino dos.
El murmullo entre los discípulos no se hizo esperar. Aquel golpe de verdad, disfrazado de burla, revelaba una enseñanza profunda: el problema no es el costo del conocimiento, sino la desvalorización del acto de aprenderlo.
Los siglos pasaron. El polvo de la historia cubrió imperios, lenguas y civilizaciones. Pero lo que Sócrates vio en aquel hombre sigue intacto. Los humanos continúan pagando con entusiasmo por todo aquello que los entretiene y con resistencia por todo aquello que les transmite conocimiento. La taberna cambió de nombre: hoy es la pantalla, el algoritmo, el video efímero, el espectáculo. Pero la esencia es la misma.
El entretenimiento es cómodo: no cuestiona, no exige, no duele. El conocimiento, en cambio, te incomoda, te obliga a verte, te confronta con las mentiras que te has contado durante años.
Por eso el primero se vende solo, y el segundo hay que perseguirlo.
Y entonces el eco del viejo Sócrates resuena todavía: quien no invierte en conocimiento termina pagando más caro por su propia ignorancia.
“La mente humana tiene un extraño defecto: paga para escapar, pero se ahorra cuando debe adquirir conocimiento. El entretenimiento seduce; el conocimiento desvela. Y entre lo que divierte y lo que transforma, casi siempre elegimos seguir iguales.”
Al final, la elección no es económica sino existencial.
¿Quieres gastar tu vida o enriquecerla con conocimiento?
¿Quieres llenar tus horas o ampliar tu comprensión del mundo?
¿Quieres ser espectador de tu propia existencia o autor de ella?
La verdad es simple: el entretenimiento te da placer por un rato; el conocimiento te da libertad para toda la vida.
Y como Sócrates supo ver hace siglos, la mayoría prefiere un placer inmediato antes que una libertad duradera. Por eso, aunque cambien los tiempos, persiste la misma tragedia: es más fácil vender entretenimiento que vender conocimiento.
Comprar un libro siempre parecerá caro… hasta que entiendes que no estás pagando papel, sino por la mayor riqueza que puede adquirir un ser humano: «EL CONOCIMIENTO»
Esto no es una verdad absoluta. Es solo un pensamiento «HECHO PARA PENSAR».

