LA ANATOMÍA DE LA ESTUPIDEZ

Cada día estoy más convencido de que la estupidez humana no es una excepción, sino un componente natural de nuestra especie. Lo más inquietante no es que exista, sino que todos, en algún momento, la hemos encarnado. Algunos la practican a tiempo completo; otros, solo en episodios que preferiríamos olvidar. Pero lo cierto es que nadie escapa de ella.
Decimos que los demás son estúpidos para sentirnos inteligentes, sin notar que esa afirmación ya es, en sí misma, una muestra de nuestra propia estupidez.

Desde una mirada biológica y psicológica, la estupidez no es un defecto moral: es una consecuencia inevitable de cómo funciona la mente humana. Y suele revelarse —sin pedir permiso— de tres maneras: por la retórica, por la conveniencia y por las emociones.


La retórica: cuando hablar es más fácil que pensar

La palabra es el arma más peligrosa del ser humano. La usamos para convencer, justificar, manipular o fingir sabiduría. Pero, con frecuencia, la palabra sirve para ocultar una realidad incómoda: hablamos más de lo que pensamos.

La retórica vacía, la opinión impulsiva, la frase bonita sin fundamento científico, la sentencia moral sin reflexión… todo eso es estupidez disfrazada de inteligencia.

La neurociencia explica este fenómeno: el cerebro humano busca economía cognitiva. Pensar profundo gasta energía; repetir frases, en cambio, es barato y satisfactorio. Por eso la retórica es el vehículo perfecto para que la estupidez se exhiba sin vergüenza.

En resumen:
cuando el discurso no exige esfuerzo intelectual, la estupidez habla por nosotros.


La conveniencia: la inteligencia selectiva del ego

La segunda forma en que la estupidez sale a flote es la conveniencia.
No siempre hacemos lo correcto, tampoco lo racional: hacemos lo que nos conviene.

La psicología lo describe como racionalización: justificar decisiones absurdas con argumentos que suenen lógicos, aunque no lo sean.
La biología lo explica aún mejor: el cerebro está programado para reducir el malestar, no para decir la verdad.

Por eso, cuando algo nos conviene emocional, sexual, social o económicamente, apagamos la inteligencia y encendemos la estupidez. Nos mentimos a nosotros mismos con habilidad quirúrgica, como si engañar al propio cerebro fuera un acto de supervivencia.

Y quizá lo es.

En este nivel, la estupidez no es ignorancia; es un mecanismo de defensa del ego.


Las emociones: la estupidez que corre por la sangre

La tercera manera —y la más poderosa— en que la estupidez humana se manifiesta son las emociones.
Cuando el sistema límbico toma el control, la razón se vuelve una voz pequeña y lenta. La fisiología del impulso es clara:
ninguna decisión guiada por una emoción intensa es verdaderamente inteligente.

La ira nos acelera el corazón y nos nubla la corteza prefrontal.
El amor distorsiona la percepción del riesgo.
El miedo paraliza.
El deseo sexual convierte lo improbable en inevitable.
Los celos activan los mismos circuitos que la adicción.

Las emociones son un torrente químico que arrastra a la razón como si fuera un trozo de madera en un río. Y en ese arrastre, la estupidez florece.

No porque seamos malos, sino porque somos biológicos.


La gran ironía

Lo más irónico de todo es que la estupidez humana no es ajena a la inteligencia: es un subproducto de ella.
Solo un ser capaz de pensar puede equivocarse de manera tan elaborada.
Solo una mente compleja puede justificar lo injustificable.
Solo un individuo con conciencia puede ignorar deliberadamente lo que sabe.

La estupidez no es ausencia de inteligencia: es su mal uso.


Cada día estoy más convencido de que la estupidez humana es inevitable, pero también necesaria. Nos revela nuestros límites, nos obliga a cuestionarnos y, a veces, nos salva de la dureza insoportable de la lucidez.

Sin embargo, reconocerla no es un acto de humildad, sino de libertad:
cuando aceptamos que hemos sido estúpidos, empezamos a dejar de serlo.


La inteligencia se mide por la capacidad de dudar;
la estupidez, por la certeza con que se defienden las tonterías.

Esto no es una verdad absoluta.
Es solo un pensamiento «HECHO PARA PENSAR».