Lo esencial antes de que llegue la muerte

Hay verdades que no necesitan adornos. Verdades que el ser humano conoce desde lo más ancestral de su biología, aunque la cultura se empeñe en disfrazarlas con sofisticación, moral o espiritualidad. Al final de todo, cuando se derrumban las ilusiones y se disuelven los discursos, queda lo fundamental: la salud, el sexo y el dinero.
Tres fuerzas que no elegimos, pero que nos sostienen. Tres pilares que, aun sin quererlo, dictan el ritmo de nuestra existencia.


La salud: el cuerpo como primer territorio

El ser humano nace dentro de un límite: su cuerpo.
Antes de aprender a hablar, pensar o amar, necesita respirar, latir, alimentarse. La biología es implacable: sin salud, el mundo se vuelve pequeño. Un cuerpo enfermo no filosofa ni se enamora; sobrevive.

Las sociedades modernas han tratado de convencer al individuo de que la vida es una lista de metas, pero la biología recuerda otra cosa: todo deseo depende del equilibrio interno del organismo. Las emociones, la voluntad, la fuerza para levantarse o para amar, todo empieza en un cuerpo que funcione.

Por eso la salud es el primer valor, no por moral, sino por necesidad.
Un cuerpo sin salud no lucha por la felicidad, lucha por oxígeno.
No piensa en proyectos, piensa en dolor.
No busca propósito, busca alivio.

La verdadera fragilidad humana no está en la mente, sino en ese pequeño hilo de vida que llamamos organismo. Cuidar la salud es, en realidad, cuidar la posibilidad misma de existir.


El sexo: la biología que nos trasciende

Después de la salud, aparece el sexo, no como simple acto, sino como pulsión.
El sexo no es un invento cultural: es el lenguaje más antiguo de la vida. Antes que Dios, antes que la moral, antes que la historia escrita, existió el impulso de reproducirse.
La naturaleza no deja cabos sueltos: la continuidad de la especie depende del deseo.

Incluso el enamoramiento —ese terremoto emocional que idealizamos— es una estrategia biológica: dopamina para atraer, oxitocina para vincular, testosterona para desear. La especie se sostiene gracias a químicos que nos hacen creer que elegimos, cuando en realidad obedecemos al programa de la vida.

El sexo prolonga la existencia no solo por reproducción, sino porque mantiene la maquinaria emocional viva. A través del placer, el cuerpo confirma que sigue siendo cuerpo.
A través del deseo, recuerda que aún tiene algo que ofrecer al mundo.

Negarlo es negar la mitad de lo que somos.


El dinero: la nueva biología social

Aunque el dinero no nace del cuerpo, hoy funciona como una extensión biológica.
En la prehistoria, sobrevivía quien cazaba, recolectaba y se protegía del frío.
Hoy, sobrevive quien puede pagar comida, medicinas, techo y transporte.

El dinero es el sustituto moderno de las habilidades de supervivencia.
Es un escudo, un refugio, una herramienta.
Es la forma silenciosa en que la sociedad distribuye el acceso a la vida.

Por eso decimos que el dinero “da protección”: porque en realidad reemplaza la fuerza física, la tribu, el refugio y la caza.
En términos evolutivos, es una prótesis que nos permite seguir vivos en un entorno demasiado complejo para la biología sola.

Quien tiene dinero no es más valioso: solo tiene mejores defensas ante el caos.


Todo lo demás son historias para hacer más llevable la espera

Metas, sueños, proyectos, espiritualidad, amor romántico, reconocimiento, prestigio…
El ser humano necesita inventarse motivos para soportar la conciencia de finitud.
Necesita creer que vive por algo más elevado que sus instintos.

Pero la biología lo contradice: vivimos porque el cuerpo nos mueve, el sexo nos impulsa y el dinero nos protege.

Todo lo demás es un decorado que nos ayuda a soportar la idea de que un día no estaremos más aquí.

No es pesimismo; es lucidez.
La vida es un intervalo breve entre dos silencios.
Y la mente inventa propósitos para que la espera no duela.


La paradoja final: lo simple sostiene lo profundo

Mientras más estudiamos al ser humano, más evidente es la paradoja:
lo esencial es simple y lo accesorio es complejo.

La salud nos permite existir.
El sexo nos conecta con el instinto más antiguo.
El dinero nos protege del mundo que hemos creado.

Y, sin embargo, pasamos la vida persiguiendo lo que menos importa:
la opinión ajena, las expectativas, los títulos, los adornos del ego.

Cuando la muerte se aproxima —y siempre lo hace—, la claridad llega sin pedir permiso.
Uno descubre que la vida era más básica y más cruda de lo que imaginaba.

La salud que descuidamos,
el deseo que reprimimos,
el dinero que desperdiciamos,
eran los verdaderos cimientos.

Todo lo demás fueron propósitos para pasar el tiempo,
para distraernos,
para olvidar que somos seres biológicos intentando darle sentido a lo inevitable.


La vida es un préstamo del cuerpo;
la muerte, un recordatorio de que nunca fuimos dueños de nada.
Entre ambos extremos, lo esencial basta y lo accesorio sobra.

Esto no es una verdad absoluta.
Es solo un pensamiento «HECHO PARA PENSAR».