“Nacer es comenzar a morir. Morir, tal vez, sea por fin empezar a vivir.”
En todos los rincones del mundo, la vida y la muerte no significan lo mismo. Para algunos, nacer es una fiesta. Para otros, un acto de injusticia. Para algunos, morir es una tragedia. Para otros, una liberación.
Todo depende del lugar, de la cultura, de la creencia. Pero hay algo que nos iguala a todos: nadie elige dónde nacer ni cuándo morir excepto en los casos donde el acto final, la eutanasia, se vuelve decisión.
CUANDO VIVO, MUERO: El nacimiento es celebración para muchos. Pero la vida, en su transcurso, puede volverse una lenta agonía.
Quien respira no siempre vive. Hay quienes caminan con el alma enterrada, cargando culpas que no les pertenecen, atrapados en rutinas, adicciones, resentimientos o dolores no sanados. Mueren cada día un poco, aunque sus cuerpos aún no hayan sido enterrados.
“Hay quienes respiran sin estar vivos. Hay quienes viven sin haber nacido”.
CUANDO MUERO, VIVO: La muerte es temida por la mayoría. Es el fin del cuerpo, la disolución del “yo”, el gran misterio.
Pero para otros los que han sufrido en vida, los que han perdido todo, los que no encuentran paz, la muerte se convierte en alivio, en reposo, en retorno. Morir, para muchos, es la única manera de acabar con el sufrimiento que la vida no les permitió apagar.
“Para algunos, la muerte es final. Para otros, es comienzo. Para muchos, es regreso«
El sentido de la vida: de la tribu al propósito: Filósofos, teólogos, psicólogos, pensadores y creyentes han intentado definir el sentido de la vida. Hay teorías, doctrinas, esperanzas. Unos hablan de trascendencia, otros de propósito, otros de plenitud.
“Tal vez el sentido de la vida no sea encontrar algo, sino simplemente vivir el trayecto.”
Basta con observar a las tribus. Allí no se pregunta por el sentido de la vida.
Se nace. Se vive. Se caza. Se ama. Se reproduce. Y se muere. Todo en su curso. Todo como parte de un ciclo natural.
Para ellos, la vida no es una meta, es un tránsito. Tal vez ni siquiera se cuestionan por qué están aquí. Simplemente están. Y eso basta.
Pero con la llegada de la civilización, todo cambió. Aparecieron los sueños.
Las metas. Los proyectos. Los “para qué”. Y con ellos, nació un nuevo dilema: ¿Cuál es el sentido de mi vida?
La pregunta que en la tribu jamás se formuló, ahora se convirtió en una obsesión moderna. Porque la civilización no tolera el vacío. Nos enseñaron que si no tenemos propósito, estamos incompletos.
“En la tribu, se vivía sin buscar sentido. En la ciudad, se sobrevive intentando hallarlo”.
Lo cierto es que el sentido no es algo que se descubre, solo es un ciclo.
No es una verdad universal esperando ser revelada, sino una dirección guiada por la naturaleza que da forma al paso del tiempo. Por eso, quien busque el sentido de la vida como una certeza eterna, quizá deba volver a la tribu. Pero quien decida vivir en la civilización, necesita propósitos para no vaciarse.
“El sentido tribal era el ser. El sentido moderno es el hacer”.
La vida tiene un sentido predeterminado. Los propósitos son una elección. Y esos propósitos pueden variar, cambiar, incluso desaparecer. La clave no es encontrar “el” sentido. Es vivir con propósito.
“El sentido de la vida no es buscar, es ser. Vivir no es alcanzar, es transitar”.
¿Hay algo más allá?. ¿Existe la vida después de la muerte?. No lo sabemos.
Pero incluso el consuelo de imaginar que volveremos a ver a quienes amamos, es suficiente alivio para muchas almas. Tal vez la eternidad no sea un lugar, sino un recuerdo que dejamos en otros. Y tal vez, mientras alguien nos piense, aún no estemos del todo muertos.
“Vivir es morir lentamente. Morir es, a veces, comenzar a vivir en otros”.
“Cuando no entiendas qué pasa con tu vida… no mires afuera. Escucha adentro.”
Hay momentos en los que todo parece confuso. Nos preguntamos ¿qué pasa conmigo?. Buscamos respuestas en el trabajo, en los demás, en el país, en el destino… Y olvidamos mirar en el único lugar donde comienza todo: nosotros mismos.
Cuando escuché la canción “Uno mismo” de Tony Vega, no solo oí una melodía.
Escuché un espejo. “Uno mismo se enreda, uno mismo se ordena.
Uno mismo se hunde, uno mismo se eleva…” Cada verso es una confesión. Una advertencia. Un llamado a la responsabilidad emocional y espiritual. Somos causa y consecuencia. Giro de rueda y punto de partida. Luz y sombra. Saboteador y salvación.
“No es la vida la que nos castiga. Es uno mismo quien se apaga… o se enciende”.
Y es que muchas veces no estamos ciegos: simplemente no queremos ver. La vida nos ofrece sendas. Pero preferimos el destino antes que la elección. Nos volvemos marionetas no porque alguien tire de los hilos, sino porque tememos sostener nuestra libertad.
“Uno mismo se aleja, uno mismo regresa. Uno mismo se pierde, uno mismo se encuentra.”
Es entonces cuando entiendes que no es cuestión de suerte. Ni de karma. Ni de enemigos invisibles. Es cuestión de hacerse cargo.
“Uno mismo se odia… o uno mismo se ama. Uno mismo se rompe… o uno mismo se reconstruye”.
Así que, cuando la vida no tenga sentido, detén el ruido y escucha. Tal vez no se trate de entender qué pasa… Sino de descubrir qué está detrás de todo lo que pasa.
Esto no es una verdad absoluta. Es solo un pensamiento «HECHO PARA PENSAR»

