amor propio

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Adán había escuchado esa expresión en innumerables ocasiones: amor propio. La repetían psicólogos, conferencistas, libros de autoayuda… como si se tratara de un principio incuestionable, casi una ley natural del comportamiento humano. Pero él, acostumbrado a observar la conducta desde la evidencia y no desde el discurso, se preguntaba:
¿Quién creó ese concepto?
¿Existe realmente el amor propio, o es una construcción necesaria para sostener emocionalmente a quien no logra desprenderse de vínculos dañinos?

Desde su perspectiva analítica, el amor propio no parecía ser una condición intrínseca del ser humano, sino una elaboración cultural. Si fuese una cualidad natural, universal y estable, el sufrimiento por amor no existiría. Nadie se quedaría donde duele, nadie insistiría donde no es correspondido. Sin embargo, la realidad muestra lo contrario: el ser humano, aun sabiendo que pierde, se queda. Aun sabiendo que duele, insiste.

El Analista recordaba una frase atribuida a Jesús: “Amaos unos a los otros”. No dijo: “ámanse a sí mismos”. Aquella omisión no era casual. Desde una lectura más profunda, el mandato no era hacia el yo, sino hacia el otro. Porque el ser humano, en su esencia biológica y evolutiva, está diseñado para vincularse, no para aislarse.

Desde la biología, el ser humano no es una entidad autosuficiente. Es una especie social. Su supervivencia, desde los primeros grupos primitivos, dependió de la cooperación, del apego, del reconocimiento del otro. El cerebro humano está estructurado para buscar conexión:

  • La dopamina recompensa el vínculo.
  • La oxitocina fortalece el apego.
  • El rechazo activa zonas cerebrales similares al dolor físico.

Es decir, el organismo no está programado para amarse en soledad, sino para necesitar, buscar y mantener relaciones.

Por eso, el sufrimiento amoroso no es una falla… es una consecuencia biológica.

En el plano psicológico, el llamado “amor propio” suele confundirse con otras estructuras internas más reales:

  • Autoestima: valoración que el individuo hace de sí mismo.
  • Autoconcepto: la imagen que tiene de quién es.
  • Autocuidado: la capacidad de protegerse emocional y físicamente.

El problema surge cuando el “amor propio” se convierte en un concepto absoluto, rígido, casi dogmático. Bajo esa idea, muchas personas adoptan posturas extremas:

  • Se aíslan emocionalmente creyendo que “no necesitan a nadie”.
  • Justifican el egoísmo como una forma de “priorizarse”.
  • Evitan el compromiso por miedo a perder su supuesta autonomía emocional.

Pero el Adán entendía algo clave:
no es que el ser humano no deba amarse, es que no puede construirse sin el otro.

El verdadero conflicto no está en el amor, sino en la distorsión del sacrificio.

Muchas personas no sufren por amar…
sufren por cómo aman.

No es el amor lo que destruye, sino:

  • amar sin reciprocidad,
  • dar sin límites,
  • sostener vínculos que ya no existen,
  • confundirse entre necesidad, costumbre y dependencia.

El llamado “amor propio” surge entonces como un mecanismo correctivo, una especie de freno emocional que intenta evitar el colapso psicológico. No es el origen, es la respuesta.

El error no está en amar al otro.
El error está en desaparecer por el otro.

El ser humano no fue diseñado para elegirse en soledad ni para anularse en compañía. Vive en tensión constante entre dos fuerzas:

  • la necesidad de vincularse,
  • y la necesidad de conservarse.

Cuando una de ellas domina por completo, aparece el desequilibrio.

Quien solo ama al otro, se pierde.
Quien solo se ama a sí mismo, se aísla.

Tal vez el amor propio no sea un tipo de amor, sino una regulación del amor hacia los demás.

No se trata de ponerse por encima…
ni de ponerse por debajo…

Se trata de no dejar de existir mientras se ama.

El ser humano no vino al mundo para elegirse…
vino para encontrarse.
Pero en ese encuentro,
el mayor error no es amar demasiado…
es olvidarse de sí mismo mientras ama.

«No es un punto de vista, es un pensamiento «HECHO PARA PENSAR«.

Fran J Ramírez

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