Basta con una simple búsqueda en Google para saber cuál ha sido el libro más vendido de la historia: la Biblia. Sin embargo, surge una pregunta incómoda y casi nunca formulada:
¿es también el libro más leído?
Quien haya asistido con atención a cualquier templo religioso habrá notado un detalle revelador: de todas las personas presentes, ni siquiera el uno por ciento lleva una Biblia en las manos. La única Biblia visible suele ser la que descansa sobre el altar o la que sostiene el orador. En los hogares ocurre algo similar: muchas personas poseen una, a veces varias Biblias, pero eso no significa que las hayan leído. Y quienes alguna vez la comenzaron, rara vez la terminaron.
Este fenómeno no es exclusivo de los textos religiosos. Ocurre con los libros en general. Existen bibliotecas llenas de obras intactas, compradas no para ser leídas, sino para ocupar espacio, aparentar cultura o impresionar a otros. Otros adquieren libros por compromiso, por amistad o por cortesía, no por interés real en la lectura ni en el conocimiento.
Los grandes escritores de la historia no se hicieron famosos ni millonarios por la cantidad de libros leídos, y muchas veces tampoco por la cantidad de libros vendidos. Su reconocimiento llegó por otras vías: premios como el Nobel de Literatura, adaptaciones cinematográficas, series, conferencias, influencia cultural o impacto intelectual. La lectura masiva nunca ha sido la regla; siempre ha sido la excepción.
Si observamos con honestidad nuestro entorno cotidiano familiares, amigos, compañeros de trabajo notaremos algo inquietante: ver a alguien con un libro en las manos es cada vez más raro, y no alcanza ni al uno por ciento. Este fenómeno no puede explicarse únicamente por el uso del teléfono móvil, como suelen afirmar muchos expertos. Las razones son más profundas y, sobre todo, biológicas.
Desde el punto de vista neurobiológico, el cerebro humano está diseñado para ver y oír, no para leer. La lectura no es una función natural, sino un aprendizaje cultural tardío que exige concentración, esfuerzo cognitivo y tiempo. En cambio, ver y escuchar activan circuitos más primitivos, rápidos y placenteros. Leer implica imaginar, abstraer y sostener la atención; ver y oír solo requieren recibir estímulos.
Desde lo psicológico, leer confronta. Obliga a pensar, a cuestionar, a dialogar con uno mismo. Por eso incomoda. El cerebro, en su búsqueda constante de ahorro energético, prefiere estímulos inmediatos antes que procesos profundos. Leer no entretiene: transforma. Y no todos están dispuestos a ese cambio.
Filosóficamente, vivimos en una paradoja inquietante: nunca hubo tantos escritores y nunca hubo tan pocos lectores. Escribir se ha vuelto accesible; leer sigue siendo un acto de disciplina, soledad y compromiso. La palabra escrita necesita tiempo, silencio y voluntad, tres cosas cada vez más escasas.
Por eso, menos del uno por ciento de quienes compran un libro tiene la verdadera intención de leerlo de principio a fin. El resto compra la idea del libro, no su contenido. Compra la imagen, no el conocimiento. Compra la apariencia, no el esfuerzo.
En este contexto, escribir es un acto de resistencia. Leer, un acto de rebeldía intelectual.
Por eso, al final, solo puedo decirlo con claridad:
Mi misión fue escribir.
Mi visión es ser leído.
«Recuerda, no es solo un punto de vista, es un pensamiento «HECHO PARA PENSAR«
Fran J Ramírez
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