Aquella mañana en el trabajo, Adán coincidió con Tony mientras tomaban café antes de comenzar la jornada. Tony era de esos hombres que hablaban poco, pero cuando lo hacía siempre dejaba una idea rondando en la cabeza.
¿Qué opinas del Estado 51? preguntó de repente.
Adán guardó silencio.
Sabía exactamente a qué se refería.
Tony soltó una leve sonrisa y continuó:
Muchos hablan del Estado 51 pensando que eso significa vivir mejor… pero el día que tengan que pagar taxes rigurosamente al IRS, respetar cada señal de tránsito, dejar de manejar motocicletas entre vehículos, no beber alcohol libremente en cualquier playa o entender que hasta botar basura tiene consecuencias… hasta allí les llegará la ilusión.
Adán escuchaba atento.
Tony tomó otro sorbo de café y añadió:
La gente confunde libertad con libertinaje. Y no es lo mismo vivir en libertad que vivir sin control.
Aquella frase quedó suspendida en el aire.
Adán comenzó a analizar algo que había observado durante años: muchas personas desean sistemas organizados, países funcionales y sociedades seguras… pero sin aceptar el peso de las normas que sostienen ese orden.
Quieren derechos, pero rechazan deberes.
Exigen respeto, pero desprecian la disciplina.
Piden justicia, pero solo cuando les conviene.
Entonces comprendió una contradicción humana:
Muchos no aman realmente la libertad; aman la ausencia de consecuencias.
Porque la verdadera libertad no consiste en hacer lo que se quiere, sino en entender hasta dónde terminan los derechos propios y comienzan los derechos ajenos.
Tony continuó:
El libertinaje hace sentir poderoso al irresponsable, pero destruye lentamente a la sociedad. La libertad, en cambio, exige límites, respeto y responsabilidad.
Adán recordó entonces algo que había aprendido observando distintos países, culturas y sistemas:
Mientras más organizada es una sociedad, más reglas tiene.
Y mientras más reglas tiene, más incómoda se vuelve para quien está acostumbrado al desorden.
La libertad verdadera no elimina las normas.
Las necesita.
Porque incluso la democracia, el mercado, la seguridad y la convivencia dependen de acuerdos que todos deben respetar.
Adán entendió que muchas personas sueñan con vivir en países desarrollados, pero sin abandonar las costumbres del caos que destruyeron el lugar del que salieron.
Y allí comprendió otra verdad incómoda:
No se puede construir una sociedad de primer mundo con mentalidad de desorden.
Tony finalmente concluyó:
La libertad pesa, Adán. Porque cada decisión trae consecuencias. Y hay gente que no quiere libertad… quiere privilegios sin responsabilidad.
Aquella noche Adán escribió en su libreta “Hecho para pensar”:
“El libertinaje hace sentir libre al irresponsable.
La libertad, en cambio, obliga al ser humano a responsabilizarse de sí mismo.”
Y debajo añadió:
“Muchos quieren vivir en libertad…
hasta que descubren que la libertad también tiene reglas.”



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