Adán recordó un refrán que su madre repetía cada vez que alguien le hacía una pregunta difícil:
“Las respuestas más importantes casi siempre aparecen cuando uno se queda solo consigo mismo.”
Aquella frase volvió a su mente el día que escuchó a una persona preguntarse frente al espejo:
¿Qué es el amor?
Adán observó cómo aquella pregunta, aparentemente simple, había perseguido a filósofos, poetas, psicólogos, religiones y civilizaciones enteras desde el inicio de la humanidad.
Cada quien parecía tener una definición distinta.
Unos hablaban de sacrificio.
Otros de pasión.
Otros de química cerebral.
Algunos de romanticismo.
Otros de apego, necesidad o dependencia emocional.
Incluso recordó The Symposium, donde cada filósofo daba una explicación diferente sobre el amor. Para unos era deseo; para otros, admiración; para otros, búsqueda de belleza o unión espiritual.
Y siglos después…
la humanidad seguía sin ponerse de acuerdo.
Adán comenzó a notar algo curioso: muchas personas confundían amor con enamoramiento.
El enamoramiento era intensidad.
El amor parecía permanencia.
El enamoramiento era impulso biológico.
El amor pretendía ser significado.
También escuchaba hablar de amor incondicional, actos de amor, amor propio, amor eterno…
Pero mientras más analizaba aquellas ideas, más comprendía algo incómodo:
Todo amor humano parece condicionado.
Se ama mientras exista admiración, deseo, respeto, costumbre, necesidad, reciprocidad o vínculo emocional.
Incluso el llamado amor incondicional tiene límites cuando aparece la traición, el daño o la destrucción.
Entonces Adán comenzó a sospechar que el problema no era el amor…
sino la definición que las personas construían sobre él.
Aquella noche volvió a quedarse solo frente al espejo.
Miró fijamente su reflejo y comprendió algo que jamás había visto con tanta claridad:
El problema de la humanidad no es únicamente la falta de amor…
sino la incapacidad de reconocer al otro como un ser humano.
Porque cuando el hombre deja de ver humanidad en otro, todo se vuelve posible:
La humillación.
La violencia.
La esclavitud.
La traición.
La guerra.
La manipulación.
La indiferencia.
Adán entendió entonces que el amor no era solamente emoción, deseo o romanticismo.
Para él, el amor comenzaba en algo mucho más básico y profundo:
Reconocer la humanidad del otro.
Comprender que siente, sufre, teme, sueña y sangra igual que uno mismo.
Abrió lentamente su libreta “Hecho para pensar” y escribió:
“El amor es reconocer al otro como un ser humano.”
Mientras cerraba la agenda, escuchó a lo lejos una frase de una canción de Rocío Dúrcal:
“No cabe duda que la costumbre es más fuerte que el amor…”
Adán sonrió levemente.
Pero en silencio pensó:
No es la costumbre… es la conciencia.
Porque muchas personas no permanecen por amor, sino por miedo a empezar de nuevo, por comodidad emocional, estabilidad económica, hijos, rutina, apariencia social o simple necesidad de no sentirse solas.
Entonces comprendió algo aún más incómodo:
Cuántas cosas se hacen por conveniencia disfrazadas de amor.
Cuántos abrazos son dependencia.
Cuántos “te amo” son miedo.
Cuántas relaciones sobreviven no por felicidad… sino por resistencia.
Desde aquel día, cada mañana al verse frente al espejo recordaba aquella frase escrita en su libreta.
Porque quien deja de reconocer humanidad en los demás…
termina justificando cualquier destrucción.
Adán entendió que el amor verdadero no siempre es el que permanece…
porque muchas veces lo que permanece no es amor, sino costumbre, miedo o conveniencia.
Y cuando el ser humano deja de distinguir entre amar y necesitar…
comienza a llamar amor a cualquier dependencia emocional.



Deja un comentario