Venezuela, siempre será el amor de mi vida

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Woman holding heart-shaped Venezuela emblem and Venezuelan flag overlooking city and mountains at sunset

Adán recordó a su padre. Había vivido la mayor parte de su vida con una sola mujer: Venezuela.
Ella había sido el amor de su vida. No necesitaba otra. Con Venezuela lo tenía todo: familia, recuerdos, identidad, costumbres y sueños. A pesar de las dificultades económicas y de algunas diferencias inevitables, él sentía que junto a ella nada le faltaba.

Venezuela tenía una gran amiga llamada United States, a quien muchos llamaban simplemente América. Durante años mantuvieron una relación cercana, estable y provechosa. Venezuela admiraba muchas cosas de América, y América también veía en Venezuela una tierra rica, alegre y llena de oportunidades. Ninguna tenía realmente nada que envidiarle a la otra.

Pero, como ocurre con muchas relaciones, la armonía no duró para siempre.

Venezuela comenzó a sentir compasión y nostalgia por una vieja amiga llamada Cuba, una mujer a quien América mantenía distante por sus vínculos con otras amigas incómodas: China y Russia.

Con el tiempo, Venezuela decidió acercarse más a ellas. Aquella amistad empezó a transformarla lentamente. Su manera de pensar cambió. Su comportamiento también. Y lo que antes eran simples discusiones con el padre de Adán se convirtieron en conflictos permanentes.

La convivencia se volvió insoportable.

El padre de Adán le confesó un día algo que nunca imaginó decir:

Me divorcié de tu madre aun amándola… porque si me quedaba, terminaría destruyéndome junto con ella.

Aquellas palabras quedaron grabadas en la mente de Adán.

Su padre le explicó que el mejor remedio para sanar el alma era el tiempo y la distancia.

El tiempo pasa aunque uno no quiera le dijo, pero la distancia hay que buscarla. Hay que alejarse de todo aquello que te recuerde constantemente lo que te hace daño.

Y así lo hizo.

Se marchó a vivir con América.

Los primeros días fueron extraños. Después llegaron semanas y meses en los que sintió nuevamente algo parecido a la libertad. Comenzó a recuperarse económicamente. Dormía más tranquilo. Sonreía más. América le ofrecía estabilidad, orden y nuevas oportunidades.

Pero aun así…

seguía amando a Venezuela.

La nostalgia comenzó a perseguirlo.

Comparaba todo.

Venezuela hacía esto mejor…
Venezuela tenía aquello…
Con Venezuela las cosas eran distintas…

América lo escuchaba en silencio, hasta que una noche, con serenidad, le preguntó:

Entonces, ¿por qué decidiste vivir conmigo si todavía amas a Venezuela?

El padre de Adán bajó la mirada y respondió:

Porque ella ya no era la misma. Sus nuevas amistades la cambiaron.

América suspiró lentamente.

No es culpa mía le dijo. Tampoco de ellas solamente. A veces las personas cambian porque quieren cambiar.

Pero el padre de Adán insistía:

El problema es que ustedes no aman a Venezuela… aman lo que ella tiene.

Aquella frase quedó suspendida en el aire como una verdad incómoda.

Pasó el tiempo y el padre de Adán comprendió algo doloroso: aunque América le había dado tranquilidad, él seguía buscando en todas partes a Venezuela. No comparaba países… comparaba emociones. No extrañaba únicamente un lugar; extrañaba la versión de sí mismo que existió junto a ella.

Una noche de profunda nostalgia, América le habló con honestidad:

Si quieres vivir conmigo, debes dejar de vivir pensando en Venezuela. Aprende a ser feliz con lo que tienes hoy. Y si algún día ella cambia, o si decides volver aun sabiendo que nunca será igual, entonces acéptala tal como es.
Pero si continúas comparándonos, jamás serás feliz… ni conmigo, ni con ella, ni con ninguna otra. Porque todas somos diferentes.

Luego añadió:

Mañana podrías irte con Italy, con Spain, con Germany o con cualquier otra… pero nunca encontrarás paz si sigues buscando la felicidad fuera de ti.

Adán guardó silencio.

Tomó una libreta y escribió:

“No importa dónde vivas, con quién vivas, lo que tengas o lo que hagas…
la felicidad jamás estará en un lugar ni en una persona.
La felicidad siempre estará en ti… y solo en ti.”

“No es solo un punto de vista, es una pensamiento “HECHO PARA PENSAR

Fran J Ramirez

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