La muerte de un país

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Worn US flag draped over debris in destroyed city with damaged buildings

Adán escuchó una vez a un anciano decir una frase que jamás olvidó:

“Venezuela ha muerto dos veces.”

Aquella frase quedó rondando en su cabeza durante años.

La primera, según aquel hombre, ocurrió en 1958, cuando cayó la dictadura de Marcos Pérez Jiménez y comenzó la era democrática conocida como el sistema de Puntofijo. La segunda llegó en 1999, con la llegada de la Revolución Bolivariana encabezada por Hugo Chávez.

Pero mientras más analizaba Adán aquella idea, más comprendía que el anciano no hablaba de la muerte física de una nación… sino de algo mucho más profundo:

La muerte de su identidad.

Porque los países no mueren únicamente por guerras o invasiones.
También mueren cuando pierden la confianza en sí mismos.

Adán entendió que cada generación venezolana había tenido su propia versión de “la Venezuela perdida”.

Unos recordaban la disciplina y el progreso material de la dictadura.
Otros defendían la democracia representativa nacida en 1958.
Y otros aseguraban que la revolución de 1999 vino precisamente porque aquella democracia había colapsado moral y económicamente.

Entonces comprendió algo incómodo:

Cada sector político hablaba de salvar a Venezuela… mientras culpaba al otro de haberla destruido.

La historia del país terminó convertida en un cementerio de nostalgias.

Nostalgia por el orden.
Nostalgia por la democracia.
Nostalgia por la revolución.
Nostalgia por el país que cada quien creía recordar.

Pero Adán observó que el verdadero problema no era solamente político.

Era cultural.

Porque ningún sistema sobrevive cuando el ciudadano espera derechos sin asumir responsabilidades. Ninguna nación resiste eternamente la corrupción, el fanatismo, el clientelismo o la dependencia emocional hacia líderes políticos convertidos en salvadores.

Adán entendió que muchos países no son destruidos únicamente por sus gobernantes… sino también por ciudadanos que delegan completamente su conciencia.

Un pueblo que deja de pensar termina entregándole su destino a quien mejor sepa manipular emociones.

Y allí comprendió algo aún más duro:

Tal vez Venezuela no murió dos veces.
Tal vez comenzó a morir lentamente cada vez que sus ciudadanos dejaron de verse como responsables del país y comenzaron a verse únicamente como víctimas de él.

Mientras caminaba por la ciudad, Adán recordó una frase que había leído años atrás:

“Los pueblos tienen los gobiernos que toleran.”

Aquella noche escribió en su libreta “Hecho para pensar”:

“Un país no muere cuando cambia de gobierno.
Muere cuando pierde su identidad, su memoria y su capacidad de autocrítica.”

Y debajo añadió:

“La política divide países…
pero el fanatismo termina enterrándolos.”

Adán entendió que la muerte de un país no siempre ocurre con disparos o invasiones.

A veces ocurre lentamente…
cuando la verdad se convierte en propaganda, la crítica en traición y los ciudadanos en seguidores ciegos.

Porque ningún líder destruye solo una nación.
Siempre necesita millones que lo justifiquen.

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Una respuesta a «La muerte de un país»

  1. Avatar de stellarfully865f7eae2a
    stellarfully865f7eae2a

    Lo que pasó con Venezuela la mayoría le cambiaron el cerebro que tristeza 🤔

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